Si uno se eleva un poco sobre las preocupaciones rutinarias que ocupan nuestras vidas y mira hacia el horizonte puede vislumbrar que la forma de convivencia del futuro es la comunidad. Hay dos maneras de llegar a esta conclusión. La primera, consiste en observar que cada vez hay más personas que anhelan crear asentamientos humanos en los que se favorezca la creatividad y la expresión de la singularidad de cada ser. Ya se están experimentando en numerosos lugares del planeta fórmulas alternativas de convivencia cuyo objetivo es combinar un ambiente socio-cultural de apoyo mutuo con un estilo de vida de bajo impacto medioambiental.
Son las llamadas ecoaldeas. Estos laboratorios de convivencia humana proponen una nueva estructura social que va más allá de la actual dicotomía entre asentamiento urbano y rural. En lugar de pretender dominar la naturaleza, se busca un encuentro con ella, que permita un desarrollo saludable del ser humano. Esto implica un crecimiento integral y equilibrado en los planos físico, emocional, mental y espiritual de cada uno de sus miembros. Las funciones de una vida normal como vivienda, alimento, industria, descanso y vida social se dan en una escala equilibrada.
No suponen un paso atrás en el desarrollo humano, sino la evolución natural de la sociedad a un estadio más satisfactorio. No se rechaza la tecnología moderna, sino que se promueve su uso de una manera sostenible, considerándola una herramienta y no un amo. Estas comunidades no pretenden ser completamente autosuficientes y aisladas, sino que más bien se busca un contacto mutuo y permanente con comunidades vecinas, donde se establece un espacio para el aprendizaje y la comunicación.
Pero el reto más importante es el inmenso desafío que supone para nuestro ego el hecho de vivir en comunidad. Sin duda esta es la mayor prueba que debe superarse para alumbrar un mundo mejor.
La otra forma de llegar a la conclusión de que la comunidad es la fórmula de convivencia del futuro es puramente económica y consiste simplemente en analizar la evolución que el precio de petróleo está experimentando y asumir que cada vez va a ser más caro. Somos adictos a esta sustancia y si escasea nuestro sistema se colapsará.
Pese a que todos los líderes mundiales conocen los datos de escasez del petróleo y las terribles consecuencias de su agotamiento no hay planes de transición a otras energías. El agotamiento del petróleo está siendo ignorado y nadie se plantea que pasará cuando el flujo de petróleo se corte, algo que está previsto que suceda entre los años 2020 y 2050. Sin embargo, la desestabilización que puede provocar esta circunstancia puede ser tan grande que nuestra civilización se desmorone. Pronto llegaremos a la conclusión de que no hay otro remedio que compartir los recursos. Será el momento de reorganizarse y dejar de pensar solo como individuos y comenzar a pensar como colectivo.
La pagina crisisenergética.com facilita un material muy interesante sobre como el agotamiento del petróleo está siendo ignorado. Denuncian que no se están planteando las consecuencias del chique que la escasez de este recurso generará en caso de que no se encuentre rápido un sustituto barato.
Entre el material publicado hay un texto de Ricardo García Zaldívar del que merece la pena rescatar al menos unos párrafos:
Cada vez hay menos personas dentro del mundo científico que defiendan que catástrofes naturales como la de Nueva Orleans o la de Guatemala y El Salvador no tiene relación con el cambio climático y la acumulación de gases que producen el efecto invernadero. Si los huracanes se multiplican en número y en intensidad es como respuesta al calentamiento global de los mares y si la desertización del planeta avanza a pasos agigantados es debido al cambio climático: desgraciadamente se trata de fenómenos cuyas consecuencias dramáticas sobre la humanidad no han hecho mas que empezar.
Se puede intentar no pensar en ello y tratar de vivir de espaldas a los graves problemas ambientales del planeta, pero no hay nadie sensato que pretenda que los actuales niveles de vida de ese 10% rico de la población sobre la Tierra son extensibles al 90% restante. La insostenibilidad de la actividad humana en el planeta se ha vuelto incuestionable, en este principio de siglo XXI. Es insostenible porque no respeta l"os límites, pues lo que se toma de la biosfera (recursos naturales) y lo que se devuelve a ella (residuos y calor) hace tiempo que está fuera de los límites de absorción y regeneración de los ecosistemas. Y es igualmente insostenible, a la vez que insolidaria, porque se está acabando de forma inconsciente e irresponsable con la biodiversidad, sin dejar a las generaciones futuras un grado de libertad en las alternativas vitales similar al que se ha recibido de las generaciones anteriores.
Y en esta desenfrenada carrera de la actual civilización hacia el desastre ecológico, uno de los hechos más sangrantes es el abuso de lenguaje que los Gobiernos de los países ricos realizan en relación a la falacia de desarrollo sostenible. Porque ni conlleva desarrollo ni es sostenible esta globalización financiera neoliberal que los nuevos amos del mundo proclaman cínicamente como la única alternativa viable para crear riqueza en el planeta y combatir la pobreza. Ni tampoco es cierto, como argumentan algunos por razones egoístas o por simple desinformación, que bastaría con realizar pequeñas correcciones puntuales a esa globalización capitalista para hacerla sostenible.
La situación es ciertamente preocupante. Si no se realiza un drástico golpe de timón, los mercados financieros globales seguirán tomando las decisiones en sustitución de los ciudadanos sobre la utilización de recursos naturales, el uso privativo de elementos básicos para la vida como el agua o el suelo fértil, o sobre las emisiones de CO2 derivadas de la quema de hidrocarburos. Lo que quiere decir que los mercados llamados competitivos seguirán aplicando de forma insostenible e irreversible su racionalidad, esto es, apropiarse y utilizar los recursos naturales hasta agotarlos, deshacerse de los residuos de la forma menos costosa para el interés particular hasta anular completamente la capacidad de reciclado natural de los ecosistemas, y convertir en mercancía cualquier elemento del Medio Ambiente que pueda ser transformado en dinero, aunque sea tan vital como el aire o el agua.
¿Hay alguna esperanza de que se modifique radicalmente nuestra relación con el Medio Ambiente?. El hecho más alentador que puede señalarse es la velocidad a la que se han producido los cambios en la percepción social de los problemas. No hace ni 40 años que la sociedad empezó a tomar conciencia de la problemática ambiental, al ser alertada por la comunidad científica sobre los grandes retos del planeta derivados del rápido deterioro medioambiental. Hasta finales de los años sesenta, las interrelaciones físicas e inevitables entre las actividades humanas y la naturaleza apenas habían sido objeto de análisis: el Medio Ambiente, que ni tan siquiera existía como concepto, no era percibido como ese sistema complejo, dinámico, sinérgico e incierto que hoy conocemos y que mantiene una interdependencia absoluta con el sistema socioeconómico.
¿Va a ser posible que la humanidad recupere la senda de la sostenibilidad? No hay que ser ingenuos y olvidar que se trata ante todo de un problema de poder, de relaciones de fuerza entre el interés de unos pocos, muy poderosos, y las aspiraciones de supervivencia de la gran mayoría de la población. Y por ello, conscientes de que la rápida sensibilización ambiental y la creciente presión social que de ella se ha derivado no han sido de momento suficientes para provocar los cambios radicales imprescindibles, hay que seguir movilizándose para forzar la modificación de las políticas neoliberales en relación con el Medio Ambiente, lo que supone tanto cambiar completamente los métodos utilizados en los procesos productivos, como cuestionar los hábitos de consumo de los acomodados del planeta, ambos abiertamente insostenibles. Lo angustioso es que el tiempo que disponemos para hacerlo se está agotando. "

He leído un interesante entrevista en la Revista Fusión a Javier Echevarría, filósofo, matemático e investigador CSIC en la que menciona un interesante concepto: Los "señores del aire". Reproduzco aquí un estracto porque no tiene desperdicio. Afirma que “son los que dominan, construyen, desarrollan, mantienen e innovan en el ámbito de las nuevas tecnologías. Por ejemplo quienes controlan las tarjetas de crédito -Visa, American Express, Mastercard-son los que dominan la mayor parte de la circulación del dinero. Las grandes empresas transnacionales que controlan los flujos del dinero electrónico y las tecnologías que permiten las transferencias interbancarias, controlan un ámbito importante de la actividad humana. Luego están los "señores del aire" que se ocupan del espacio militar y que son muy relevantes. Tienen un enorme poder como es el espionaje, el control, las escuchas... Y luego hay aquellos que vigilan la zona civil del espacio electrónico, que son los que controlan cómo navega uno por Internet -los más poderosos serían Microsoft y Google-, qué canal de televisión utiliza, a cuáles se conecta, a qué teléfonos móviles llama uno... Son las grandes empresas que proveen el acceso del servicio y que por lo tanto controlan también lo que hacen los usuarios. Controlan desde el dinero electrónico a los informativos, las noticias o los videojuegos. Pueden hacer estudios sobre las costumbres, las preferencias de los usuarios... Entonces ahí se adquiere un poder. En general el poder que tienen los proveedores de las tecnologías sobre los usuarios es considerable y ésa es la razón de fondo por la cual el espacio electrónico no es un espacio democrático sino un espacio neofeudal, en el sentido de que hay feudos de la información controlados por los grandes "señores del aire".
Pagamos una cuota mental, es decir, nuestros hábitos mentales y de comportamiento y las cosas que nos importan y nos interesan son las que los "señores del aire" nos marcan con su impronta. Antes los señores feudales marcaban al siervo con su sello. En este momento los "señores del aire" lo que marcan no es el cuerpo sino la mente. Imprimen su impronta, de tal manera que si uno está acostumbrado a una determinada cadena de televisión, a usar un sistema de navegación, un sistema operativo en Internet, una determinada consola de videojuegos o una tarjeta electrónica, entonces buena parte de lo que hace habitualmente en su vida está marcado por el "señor del aire". Este genera una nueva tecnología y uno se tiene que adaptar a ello, cambiar de consola, de programación... Digamos que la relación es de vasallaje mental. Los "señores del aire" dejan a nuestros cuerpos libres pero no a nuestras mentes. Eso es lo que les interesa controlar, orientar. Es una nueva forma de poder, porque el tercer entorno sobre todo son mentes interconectadas".
Hemos olvidado cómo hacer cosas necesarias para la vida y hemos entregado nuestro conocimiento a las máquinas lo que nos ha convertido en adictos al petróleo.
Si somos dependientes y adictos al petróleo el día que se acabe ¿qué haremos?
Por cierto, ya se está acabando.
"El Hombre libre es aquel que se tornó señor de sí, de su voluntad, de sus hábitos y de su conducta".
Trigueirinho